Columna de opinión por el Lic. Diego Madeo. Director Ejecutivo de Garnet Technology

Cuando una persona compra un teléfono celular sabe que probablemente en cuatro o cinco años estará utilizando otro. Lo mismo ocurre con una computadora, un televisor o incluso un automóvil. Sin embargo, existe una tecnología que suele permanecer instalada durante décadas sin que sus usuarios se pregunten si sigue siendo la más adecuada para cumplir su función: los sistemas de seguridad.

Es una situación comprensible. Una alarma puede seguir encendiendo, detectando movimiento y activando una sirena muchos años después de haber sido instalada. A simple vista parece funcionar correctamente. Pero en seguridad electrónica, la verdadera pregunta no es si la alarma sigue encendiendo o detectando movimientos, sino si todavía puede comunicar una emergencia de manera confiable cuando realmente se la necesita.

Durante los últimos años, la industria ha experimentado una transformación tecnológica comparable a la que vivieron los teléfonos móviles o Internet. La incorporación de aplicaciones móviles, servicios en la nube, inteligencia artificial, conectividad remota y nuevas tecnologías de comunicación modificó por completo la forma en que los sistemas de seguridad interactúan con las personas.
Sin embargo, gran parte del parque instalado en América Latina fue diseñado para un mundo tecnológico muy diferente al actual.

El mejor ejemplo es lo que está ocurriendo con las redes celulares 2G y 3G. Desde hace aproximadamente tres años, operadores de distintos países comenzaron a apagar progresivamente estas tecnologías para destinar sus recursos a redes más modernas como 4G, 5G e Internet de las Cosas (IoT).

Estados Unidos fue uno de los primeros mercados en iniciar este proceso de manera masiva entre 2022 y 2023. En paralelo, países como Brasil, Chile y México avanzaron con planes de modernización de sus infraestructuras de telecomunicaciones. Aunque cada mercado tiene sus propios tiempos, la dirección es la misma: las tecnologías antiguas comienzan a desaparecer. Lo interesante es que este fenómeno dejó una enseñanza importante para toda la industria de la seguridad.

Miles de sistemas de alarma continuaban funcionando correctamente desde el punto de vista electrónico, pero sus vías de comunicación habían quedado tecnológicamente obsoletas. Detectaban eventos, pero corrían el riesgo de perder la capacidad de transmitirlos. Y aquí aparece un concepto que cada vez cobra mayor relevancia: la seguridad no depende únicamente de los sensores o del panel de alarma. También depende de la capacidad de comunicar una emergencia cuando realmente ocurre. Por eso, la renovación tecnológica ya no consiste solamente en incorporar nuevas funciones. También implica garantizar la continuidad operativa de los sistemas instalados.

La buena noticia es que, en la mayoría de los casos, actualizar un sistema de alarma existente es mucho más simple de lo que las personas imaginan. No suele ser necesario reemplazar toda la instalación ni los sensores ya colocados. Hoy existen comunicadores y módulos compatibles con redes 4G LTE, Internet de las Cosas (IoT) y aplicaciones móviles que permiten modernizar la comunicación del sistema, incorporar monitoreo remoto y sumar redundancia mediante múltiples vías de transmisión. De esta manera, una alarma instalada hace varios años puede adaptarse a las tecnologías actuales y continuar brindando protección durante muchos años más con una inversión significativamente menor que la de un sistema completamente nuevo.

Mas Tecnología, más Seguridad
Durante muchos años, numerosos sistemas dependieron de una única vía de transmisión. Si esa vía fallaba, el sistema quedaba incomunicado. Hoy la tecnología permite combinar simultáneamente Internet, Wi-Fi y redes móviles, generando múltiples caminos para transmitir un evento crítico. Si una vía deja de funcionar, otra toma el control automáticamente. Desde el punto de vista de la seguridad, esta evolución representa un cambio profundo. Es pasar de sistemas que simplemente informan una emergencia a sistemas diseñados para garantizar que el mensaje llegue incluso en escenarios adversos.

La historia demuestra que ninguna tecnología es permanente. Lo que hoy parece moderno eventualmente será reemplazado por algo mejor. Por eso, la conversación ya no debería centrarse únicamente en cuándo instalar una alarma, sino también en cuándo actualizarla. Porque en materia de seguridad, el mayor riesgo no siempre es quedarse sin protección. A veces el verdadero riesgo es creer que seguimos protegidos cuando la tecnología que nos cuida ya pertenece al pasado.

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