TecnoFuturo24 https://tecnofuturo24.com/ El futuro de la tecnología en un solo lugar. Tech News. Mon, 06 Apr 2026 23:27:10 +0000 en-US hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.9.4 https://tecnofuturo24.com/wp-content/uploads/2024/01/cropped-cropped-TecnoFuturo24Box-32x32.jpeg TecnoFuturo24 https://tecnofuturo24.com/ 32 32 Tu identidad no es un posteo: cómo la exposición en redes puede volverse en tu contra https://tecnofuturo24.com/tu-identidad-no-es-un-posteo-como-la-exposicion-en-redes-puede-volverse-en-tu-contra/ Mon, 06 Apr 2026 23:27:10 +0000 https://tecnofuturo24.com/?p=15210 Columna de opinion por Maximiliano Ripani, Solution Architect & Pre-Sales Engener en…

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Columna de opinion por Maximiliano Ripani, Solution Architect & Pre-Sales Engener en ZMA IT Solutions.

Todavía no terminamos de asumirlo, pero las redes sociales se convirtieron en el espacio donde pasamos una parte enorme de nuestra vida. Antes era un lugar para compartir fotos de vacaciones o algún pensamiento casual; hoy es, para muchos, una suerte de segunda piel. Un lugar donde trabajamos, nos mostramos, opinamos, vendemos, compramos, conocemos gente, nos informamos y, sin darnos cuenta, dejamos miguitas de pan que forman un camino completo hacia quiénes somos. Y ese camino, si no lo cuidamos, puede convertirse en una autopista directa para cualquier ciberdelincuente que esté prestando atención.

Parece exagerado, pero no lo es. En estos años, lo que más creció no fueron los “hackers hollywoodenses” que escriben líneas de código verde a toda velocidad, sino algo mucho más simple y más humano: personas que observan. Que miran, que analizan, que juntan pedacitos que vos mismo dejaste por ahí, sin intención, sin pensar, sin maldad, y que los transforman en una imitación casi perfecta de tu identidad digital. Un reflejo falso que camina por Internet haciéndose pasar por vos, hablándole a tus amigos, enviando mensajes a tus familiares, pidiendo dinero o favores con tu cara, tu nombre y tu estilo. Y lo peor de todo: que puede hacerlo sin necesidad de entrar a tu cuenta ni “hackearte” nada. Solo con lo que mostrás.

Es incómodo admitirlo, pero la mayor parte del poder que tienen los ciberdelincuentes sobre nosotros se los dimos nosotros mismos, un posteo a la vez. Esa foto que subiste sin fijarte en el fondo. Ese comentario donde contás que estás preocupado por un problema personal. Ese video en el que aparece de refilón la entrada de tu casa o el uniforme de tu trabajo. Esa publicación inocente donde contás que estás de viaje. Todo eso, junto, es como un rompecabezas perfecto: la imagen completa de tu vida cotidiana, sin filtros, accesible para cualquiera que decida utilizarla con malas intenciones.

Hay algo que se volvió muy fácil en los últimos años: crear perfiles falsos. Lleva minutos y prácticamente no tiene costo. Todo lo que se necesita es una foto tuya, que seguramente está en tu perfil público, un nombre que coincida, un par de detalles que vos mismo contaste en alguna historia o publicación vieja, y listo. La suplantación de identidad ya no es una cuestión tecnológica, es una cuestión de observación. Y como la mayoría de nosotros vive expuesto, el trabajo del impostor es casi trivial. Muchas veces ni siquiera necesitan investigar mucho: basta con copiar y pegar.

Por eso vale la pena preguntarse: ¿cuánto de lo que mostrás en redes lo mostrarías en la vida real? Porque si lo pensás fríamente, nunca le darías a un desconocido tu documento, ni tu dirección, ni el nombre de tu hijo, ni una foto de tus vacaciones mientras todavía estás de viaje, ni detalles de tu rutina diaria. Pero en redes sociales, lo hacemos sin darnos cuenta. Y ese descuido, que parece inocente, es exactamente lo que permite que otros armen versiones falsas de nosotros mismos. Lo más irónico es que no hace falta ser famoso para que esto pase. Mucha gente piensa: “¿a quién le va a interesar mi vida?”. A más personas de las que imaginás. Porque el ciberdelincuente no busca fama: busca oportunidades. Y cualquiera puede ser una oportunidad. Un jubilado que publica que está solo. Un adolescente que muestra dónde estudia. Una madre que sube fotos del colegio de sus hijos. Un emprendedor que exhibe su lugar de trabajo. Una persona que comparte que está viajando y no vuelve hasta el domingo. Un perfil con una red grande de contactos confiables. Todo eso vale. Todo eso se usa.

Las redes sociales, además, juegan un papel que no siempre reconocemos: están diseñadas para que queramos mostrar más. Te celebran cuando publicás, te empujan a compartir, te sugieren recordatorios, te muestran “recuerdos”, te recomiendan usar tu ubicación y te invitan constantemente a exponer. No es casual, es el negocio. Y mientras más publicamos, más visibles somos. Mientras más visibles somos, más fácil es convertirse en nosotros.

Cuidarse no significa desaparecer ni volverse desconfiado de todo. Significa empezar a mirar el mundo digital con la misma sensatez con la que mirás el mundo real. Pensar antes de publicar. Preguntarse: “¿Esto lo puede usar alguien en mi contra?”. No porque vivas en paranoia, sino porque es un mínimo de higiene digital, como lavarse las manos. Un hábito que, una vez incorporado, ya no requiere esfuerzo.

Gran parte del problema empieza con la falsa idea de que “si mi perfil es privado, estoy seguro”. Lamento decirlo, pero no alcanza. Muchos perfiles “privados” tienen listas de contactos que no conocen personalmente. Aceptan solicitudes de gente que no recordaban haber visto nunca. Creen que porque tienen un candado en la biografía, el peligro desaparece. Sin embargo, basta un solo desconocido infiltrado entre tus contactos para acceder a todo lo que compartís. Y la mayoría de los perfiles falsos empieza exactamente así: pedidos de amistad enviados de a cien, esperando que alguien, aunque sea uno, diga que sí. Y cuando ese “sí” llega, tienen una ventana completa a tu vida.

También está ese reflejo tan típico de subir fotos del momento presente: la comida que estás comiendo ahora, el hotel donde estás durmiendo ahora, el recital al que fuiste esta misma noche. Parece inofensivo, pero es exactamente la información que un delincuente necesita para saber cuándo no estás en tu casa, para ubicar geográficamente tus movimientos o para deducir patrones habituales. Publicar en tiempo real, sin pensarlo, es como anunciar “mi casa está vacía”. Y no es necesario exagerar para que esto sea evidente: muchas personas sufrieron robos justamente después de publicar fotos de un viaje. La correlación no es casualidad. Otro punto que casi nadie mira es el fondo de las fotos. A veces cuidamos lo que mostramos, pero no lo que se filtra detrás. Una carta con tu dirección, un carnet con tu número, una computadora con información personal abierta, el nombre de una institución, una tarjeta de crédito sobre la mesa, la patente del auto estacionado atrás, el uniforme del trabajo, un contrato, un recibo. No tiene que ser una foto comprometedora: basta un detalle. Y los detalles, para un ojo malintencionado, son oro puro.

La mayoría de la gente cree que cuidarse en redes requiere saber de informática. Y no. Cuidarse requiere algo mucho más simple: criterio. Pensar, de manera responsable, que lo que subís deja de ser tuyo en cuanto presionás “publicar”.

Que, aunque borres algo después, ya pudo ser capturado, descargado, duplicado, reenviado. Que lo que compartís para tus amigos puede terminar en manos de desconocidos. Que lo que decís puede ser usado para armar una historia falsa pero convincente con tu nombre. Que alguien podría hablarle a tu familia haciéndose pasar por vos. Y que prevenirlo es mucho más fácil que repararlo.

También necesitamos reconocer que nadie está a salvo del todo, ni siquiera quienes saben del tema. Pero sí podemos estar menos expuestos, y eso ya cambia el panorama. Cuidar la privacidad no significa ocultarse. Significa seleccionar. Igual que en la vida real. Seleccionás a quién le contás tus cosas, a quién dejás entrar a tu casa, a quién le mostrás fotos de tu familia. No lo hacés indiscriminadamente en la calle, y sin embargo, muchos lo hacen todos los días en redes sin detenerse a pensar un segundo.

Creo que lo más importante de todo es entender que tu identidad digital ya no es un accesorio: es parte de tu seguridad personal. Si te la roban, no es un problema “virtual”. Es un problema realísimo que afecta tu economía, tus vínculos, tu reputación e incluso tu tranquilidad emocional. Hay personas que perdieron amistades, trabajos y dinero porque alguien se hizo pasar por ellas. Y no porque fueran descuidadas, sino porque no se dieron cuenta de que estaban regalando información que no tenían por qué regalar.

La buena noticia es que cambiar esto no requiere conocimientos complicados. Requiere hábitos. Tal vez recuerdes cómo antes la gente dejaba la puerta de su casa abierta sin preocuparse. Hoy nadie lo hace. No porque vivamos con miedo, sino porque entendimos que no es una buena idea. Con las redes sociales pasa lo mismo. Se trata de cerrar la puerta, no de vivir encerrados. De entender dónde están los riesgos y actuar en consecuencia.

Mirar tus redes con una nueva conciencia es probablemente el paso más valioso que podés dar. Preguntarte qué necesitás mostrar realmente. Revisar tus listas de amigos y limpiar lo que sobra. Evitar publicar en vivo dónde estás. Ser prudente con la información personal. Ser crítico con quienes intentan acercarse sin motivo. Pensar en tus hijos, en tus padres, en tus amigos: ellos también pueden ser víctimas si alguien se hace pasar por vos. Y lo más importante: hablar de esto. Compartirlo. Concientizar. Porque la ciberseguridad no es solo una cuestión individual, es una red de cuidado mutuo.

Proteger tu identidad digital no es paranoico. Es madurez. Es entender que vivimos en un mundo donde la información vale más que nunca. Un mundo donde mostrarse está bien, pero mostrarse sin límites tiene un costo. Un mundo donde cuidar lo nuestro, en línea o fuera de ella, es un acto de responsabilidad. Y quizás lo más importante: es entender que vos valés más que cualquier publicación. Que tu historia, tus recuerdos, tus fotos y tus vínculos merecen ser cuidados. Que el mundo digital puede ser maravilloso si lo atravesamos con la cabeza despierta. Tu identidad no es una foto de perfil. Es tu vida. Y merece estar protegida.

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¿Cuánto cuesta instalar una alarma en una casa en Argentina en 2026? https://tecnofuturo24.com/cuanto-cuesta-instalar-una-alarma-en-una-casa-en-argentina-en-2026/ Tue, 17 Mar 2026 18:35:34 +0000 https://tecnofuturo24.com/?p=15206 Columna de opinión por Diego Madeo. Director Ejecutivo de Garnet Technology La…

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Columna de opinión por Diego Madeo. Director Ejecutivo de Garnet Technology

La seguridad en el hogar se ha convertido en una de las principales preocupaciones de las familias argentinas. Frente a un contexto donde el delito continúa siendo uno de los temas más sensibles para la población, cada vez más hogares incorporan sistemas de alarma como primera línea de protección. Pero una de las preguntas más frecuentes sigue siendo la misma: ¿cuánto cuesta realmente instalar una alarma en una casa en Argentina en 2026?

La respuesta depende de varios factores: el tipo de sistema elegido, la cantidad de sensores, el tamaño de la propiedad y, especialmente, si el sistema estará conectado a una central de monitoreo profesional o funcionará de manera autónoma. El primer punto que los especialistas suelen remarcar es claro: con la seguridad no se improvisa. En ese contexto, la proliferación de kits económicos y autoinstalables comienza a ser vista en el sector como un riesgo creciente más que como una solución real de protección. En los últimos años comenzaron a aparecer en el mercado kits de alarmas inalámbricas que prometen resolver la seguridad del hogar con una instalación rápida y a bajo costo. Estos equipos suelen incluir un panel central, sensores de movimiento, sensores de apertura para puertas o ventanas y una sirena, con la posibilidad de controlarse desde una aplicación móvil.

Los kits más simples pueden encontrarse en Argentina desde $200.000 a $300.000, dependiendo de la marca y la cantidad de sensores incluidos. Sin embargo, especialistas del sector advierten que muchos de estos sistemas, en su mayoría importados y orientados al mercado masivo, no siempre cumplen con los estándares técnicos necesarios para brindar una protección confiable en el tiempo.

Entre las principales limitaciones que se mencionan se encuentran la baja calidad de los componentes, menor durabilidad de los dispositivos, comunicaciones inalámbricas poco robustas y una supervisión limitada de los sensores, lo que puede derivar en fallas o pérdidas de señal sin que el usuario lo advierta. A esto se suma que muchos de estos equipos funcionan únicamente mediante notificaciones en el celular del propietario, sin la intervención de una central de monitoreo profesional, lo que implica que ante una emergencia la reacción depende exclusivamente de que el usuario vea la alerta y pueda actuar a tiempo. Por ese motivo, los especialistas recomiendan analizar cuidadosamente la calidad tecnológica del sistema antes de tomar una decisión basada únicamente en el precio inicial, ya que en materia de seguridad la confiabilidad del sistema y la continuidad del servicio suelen ser factores mucho más determinantes que el costo del equipamiento.

Sistemas instalados por profesionales

Cuando la instalación es realizada por empresas especializadas, el costo del equipamiento puede variar significativamente según el nivel de protección.

Un sistema típico para una casa incluye un panel de alarma, sensores de movimiento, sensores de apertura en puertas o ventanas, sirena interior o exterior y un sistema de comunicación mediante internet o red celular. En estos casos, el costo del equipamiento instalado suele ubicarse aproximadamente entre $500.000 y $1.200.000, dependiendo del tamaño de la vivienda y la cantidad de puntos a proteger. En propiedades más grandes o con protección perimetral, el presupuesto puede ser aún mayor.

El costo del monitoreo mensual

Uno de los factores más determinantes en el costo total de un sistema de alarma es el servicio de monitoreo profesional. Cuando la alarma está conectada a una central que opera las 24 horas, los eventos generados por el sistema se reciben en tiempo real y se activa inmediatamente un protocolo de verificación que puede incluir la comunicación con el usuario, contactos de emergencia o, en determinados casos, el aviso a las autoridades.

Este servicio es el que transforma a una alarma en un sistema de seguridad activo, ya que garantiza que siempre haya operadores supervisando los eventos, incluso cuando el usuario no está disponible. De acuerdo con relevamientos del sector publicados por CEMARA (Cámara de Empresas de Monitoreo de Alarmas de la República Argentina), el abono mensual promedio para servicios de monitoreo de alarmas en el país se ubica actualmente en un rango aproximado de entre $70.000 y $80.000. No obstante, este valor puede variar significativamente según la provincia o el área geográfica, el nivel de servicio contratado y las prestaciones adicionales que incluya el sistema, como aplicaciones móviles, automatización, videoverificación o comunicación redundante mediante redes celulares.

Tecnología segura y equipos certificados

Más allá del costo inicial, los especialistas coinciden en que uno de los aspectos más importantes al momento de elegir un sistema de alarma es la calidad tecnológica del equipamiento utilizado. Los sistemas profesionales suelen incorporar protocolos de comunicación inalámbrica encriptados, supervisión permanente de los dispositivos y conexión segura con plataformas en la nube, lo que permite detectar fallas, intentos de sabotaje o pérdidas de comunicación. Estas características resultan fundamentales para garantizar que el sistema funcione correctamente en situaciones críticas.

Además, los expertos recomiendan verificar que los dispositivos utilizados cumplan con normas técnicas de seguridad electrónica y estándares internacionales de telecomunicaciones, especialmente en lo que respecta a la transmisión de señales inalámbricas y a la protección de los datos en la nube. En este sentido, dentro del mercado argentino también existen fabricantes nacionales que hoy desarrollan equipos con tecnología de nivel internacional, cumpliendo estándares técnicos exigentes y compitiendo en prestaciones con las principales marcas globales. Otro aspecto valorado por instaladores y usuarios es el soporte técnico y el servicio postventa, donde las empresas locales suelen ofrecer una ventaja significativa. La cercanía con el fabricante, la disponibilidad de repuestos, la capacitación permanente y la asistencia técnica directa permiten resolver problemas con mayor rapidez y garantizar la continuidad del sistema en el tiempo.

Por estas razones, muchos especialistas recomiendan evaluar no sólo el precio del equipo, sino también el respaldo técnico, la disponibilidad de soporte y la trayectoria del fabricante, factores que en seguridad electrónica pueden marcar una diferencia decisiva en el funcionamiento del sistema a lo largo de los años.

La importancia de instaladores capacitados

Otro aspecto clave para el correcto funcionamiento de un sistema de alarma es la instalación. En el sector se destaca la importancia de que los equipos sean instalados por técnicos idóneos o profesionales certificados por las marcas, ya que una mala ubicación de sensores o una configuración incorrecta pueden reducir significativamente la efectividad del sistema. Los sistemas modernos permiten configuraciones avanzadas, integración con aplicaciones móviles, automatización de funciones y múltiples vías de comunicación, por lo que contar con instaladores capacitados garantiza que todas estas prestaciones se utilicen correctamente.

Una inversión cada vez más habitual

Más allá de los costos, la adopción de tecnología de seguridad continúa creciendo en los hogares. Las nuevas alarmas incorporan funciones que hace pocos años eran exclusivas de sistemas corporativos: control desde el celular, automatización del hogar, integración con cámaras y comunicación permanente con centrales de monitoreo. Esto está transformando a la alarma en algo más que un sistema antirrobo. Hoy se convierte en una plataforma de protección integral que puede alertar ante intrusiones, emergencias médicas, incendios o fallas técnicas. En un contexto donde la tranquilidad es un valor cada vez más apreciado, invertir en seguridad ya no se percibe únicamente como un gasto, sino como una decisión estratégica para proteger a la familia y el patrimonio.

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El “Tinder del trabajo” llega al sector de la seguridad electrónica, una nueva forma de conectar talento y empresas https://tecnofuturo24.com/el-tinder-del-trabajo-llega-al-sector-de-la-seguridad-electronica-una-nueva-forma-de-conectar-talento-y-empresas/ Tue, 17 Mar 2026 18:32:07 +0000 https://tecnofuturo24.com/?p=15203 La innovación también transforma la manera en que las personas encuentran empleo.…

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La innovación también transforma la manera en que las personas encuentran empleo. En un mundo donde las plataformas digitales redefinen vínculos y oportunidades, una aplicación desarrollada por emprendedores argentinos revoluciona la búsqueda laboral con una propuesta tan simple como efectiva: unir empresas y candidatos con un “match” laboral, al estilo Tinder, pero enfocado en el trabajo.

La plataforma, ya adoptada por grandes compañías y avalada por importantes grupos inversores del país, propone un sistema ágil, intuitivo y humano. A través de un algoritmo que combina perfiles, habilidades y preferencias, logra que el proceso de selección sea más rápido, transparente y accesible. Los usuarios crean su perfil, definen su experiencia y, en pocos minutos, pueden conectarse con empleadores que buscan exactamente su perfil.

Más que una bolsa de empleo, se trata de un ecosistema digital pensado para potenciar la inclusión laboral, especialmente entre jóvenes profesionales y técnicos que buscan insertarse en industrias en expansión como la tecnológica y la de seguridad electrónica. En este contexto, la Cámara Argentina de Seguridad Electrónica (CASEL) anunció un acuerdo con la plataforma para lanzar WorkOn CASEL, un espacio exclusivo que permitirá conectar a empresas del sector con instaladores, técnicos, ingenieros y profesionales de la seguridad. En la actualidad WorkOn, cuenta con una base de más de 160.000 candidatos y más de 1300 empresas que buscan empleados.

En el sector de la seguridad electrónica, la búsqueda de técnicos especializados representa uno de los mayores desafíos para las empresas. La alta demanda de profesionales capacitados, sumada a la rotación frecuente de personal en determinadas áreas operativas, genera una brecha creciente entre la necesidad de cubrir puestos y la disponibilidad de talento calificado. En este contexto, herramientas digitales como WorkOn se convierten en una solución estratégica: permiten a las compañías conectar de manera directa y eficiente con técnicos, instaladores y especialistas, optimizando los tiempos de reclutamiento y asegurando una mejor correspondencia entre las competencias del candidato y las necesidades del puesto.

Este acuerdo busca fortalecer el empleo formal y la profesionalización del rubro, impulsando la empleabilidad en un mercado en crecimiento constante. Con esta alianza, CASEL continúa promoviendo la innovación, el desarrollo tecnológico y la formación de capital humano, pilares fundamentales para el futuro de las tecnologías en seguridad de Argentina.

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La inteligencia artificial en América Latina: lo que las empresas todavía no están viendo https://tecnofuturo24.com/la-inteligencia-artificial-en-america-latina-lo-que-las-empresas-todavia-no-estan-viendo/ Wed, 04 Mar 2026 02:49:51 +0000 https://tecnofuturo24.com/?p=15200 Columna de opinion por Maximiliano Ripani, Solution Architect & Pre-Sales Engener en…

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Columna de opinion por Maximiliano Ripani, Solution Architect & Pre-Sales Engener en ZMA IT Solutions.

En los últimos años, la inteligencia artificial pasó de ser un concepto futurista a convertirse en una herramienta cotidiana. Hoy está en los sistemas que aprueban créditos, en las plataformas que recomiendan productos, en los softwares que seleccionan currículums, en aplicaciones médicas, en herramientas que redactan textos y hasta en programas que responden consultas de clientes. Muchas empresas la incorporaron casi sin darse cuenta. Primero como una mejora tecnológica. Después como una ventaja competitiva. Y finalmente como una condición para no quedarse atrás.

Pero mientras las compañías hablan de innovación, crecimiento y expansión, hay una conversación que avanza más silenciosamente: la regulación.

Europa ya tomó una decisión clara. La inteligencia artificial dejó de ser un terreno libre y empezó a estar regulada con reglas específicas. No se trata solo de multas. Se trata de exigir a las empresas que puedan explicar cómo funcionan sus sistemas, qué riesgos generan y cómo los controlan.

En América Latina la situación es diferente. No existe todavía una gran ley regional sobre inteligencia artificial. Y eso puede generar una sensación de tranquilidad. Pero esa tranquilidad es engañosa. Porque, aunque no haya una ley única, el tema ya está regulado de muchas otras formas.

Brasil, por ejemplo, viene discutiendo un marco específico para la inteligencia artificial. Chile avanza en su propio proyecto. Perú ya aprobó una ley y su reglamento. Colombia y Argentina debaten propuestas. México trabaja en agendas y proyectos vinculados al tema. Cada país lo hace a su manera y a su ritmo.

Sin embargo, más allá de las leyes específicas, hay algo que ya existe en casi todos los países: normas sobre protección de datos personales, sobre seguridad informática, sobre derechos del consumidor, sobre responsabilidad empresarial. Y la inteligencia artificial utiliza datos. Muchos datos. Cuando una empresa usa inteligencia artificial para analizar clientes, otorgar préstamos, evaluar candidatos, fijar precios o recomendar productos, está trabajando con información personal. Eso ya la coloca dentro de un marco legal.

La pregunta entonces deja de ser “¿hay una ley de inteligencia artificial?” y pasa a ser otra: “¿estamos preparados para explicar cómo funciona lo que estamos usando?”

En conversaciones con empresarios de la región, aparece un patrón común. La inteligencia artificial suele estar dentro del área técnica. Los desarrolladores la manejan. El proveedor la ofrece como parte del servicio. El equipo comercial la presenta como una mejora del producto. Pero pocas veces alguien en la empresa tiene la responsabilidad formal de preguntarse: ¿qué riesgos trae esto?, ¿qué pasa si falla?, ¿qué pasa si genera un error importante?, ¿qué pasa si un cliente reclama?, ¿qué mostramos si un inversor pregunta cómo controlamos el sistema?

El problema no aparece cuando todo funciona bien. Aparece cuando algo sale mal. Imaginemos un caso simple. Una empresa financiera utiliza un sistema automático para evaluar solicitudes de crédito. El sistema rechaza a un grupo de clientes de manera sistemática. Uno de ellos reclama. Se hace público que el modelo tenía un sesgo. La noticia circula. La reputación se resiente.

O pensemos en una empresa de salud que utiliza una herramienta automática para clasificar estudios médicos. Si hay un error grave, la discusión deja de ser tecnológica y se vuelve institucional.

En estos escenarios, lo primero que preguntan los inversores, los reguladores o los medios no es “qué algoritmo usaron”. La pregunta es mucho más directa: ¿quién era responsable?, ¿había controles?, ¿se hicieron pruebas?, ¿existía supervisión humana? Ahí es donde muchas compañías se dan cuenta de que nunca formalizaron la gobernanza de la inteligencia artificial. Que la usaban, pero no la gestionaban. Este punto es importante para América Latina porque nuestras empresas suelen crecer rápido, con estructuras livianas. Eso es una ventaja. Pero también puede convertirse en una debilidad cuando el entorno se vuelve más exigente.

Europa ya exige a las empresas que demuestren cómo gestionan los riesgos de sus sistemas de inteligencia artificial. Y muchas compañías latinoamericanas venden servicios o tecnología a clientes europeos. Aunque la empresa esté en Buenos Aires, San Pablo o Bogotá, si el cliente está en Madrid o París, la conversación cambia. Además, los grandes inversores internacionales ya incorporaron preguntas sobre gobernanza tecnológica en sus análisis. No quieren sorpresas. Prefieren empresas que puedan demostrar orden y previsión.

Esto no significa que mañana todas las compañías latinoamericanas enfrentarán sanciones millonarias. Significa algo diferente: el estándar de confianza está subiendo. Hoy, una empresa que no puede explicar cómo usa la inteligencia artificial puede parecer desorganizada. Y eso, en un proceso de inversión o en una negociación importante, pesa. Por eso empieza a tomar fuerza una figura nueva dentro de las organizaciones: alguien que asuma formalmente la responsabilidad de gobernar la inteligencia artificial.

No estamos hablando de un programador ni de un abogado exclusivamente. Estamos hablando de un rol que conecte tecnología, negocio y responsabilidad. Alguien que pueda traducir el funcionamiento técnico a decisiones claras y defendibles. Que ordene procesos. Que establezca criterios. Que prepare a la empresa para preguntas difíciles.

En algunas organizaciones este rol se integrará dentro del área de riesgos. En otras, en compliance o en dirección general. En empresas más grandes, puede convertirse en una función específica. La pregunta es si será una de las profesiones más demandadas en el futuro cercano. Todo indica que sí habrá una demanda creciente de personas que entiendan tanto el negocio como los riesgos de la inteligencia artificial. No necesariamente con el título exacto de “responsable de gobernanza de IA”, pero sí con esa capacidad.

Hace algunos años, pocas empresas hablaban de protección de datos personales. Luego aparecieron leyes más estrictas y la figura del responsable de datos se volvió común. Algo similar puede suceder con la inteligencia artificial.

La diferencia es que aquí el impacto no es solo legal. Es estratégico.

Una empresa que ordena desde el principio cómo usa la inteligencia artificial puede convertir esa organización en una ventaja. Puede responder con tranquilidad ante auditorías. Puede generar confianza en clientes exigentes. Puede atraer inversores que valoran la previsión. En cambio, una empresa que ignora el tema puede encontrarse reaccionando bajo presión. América Latina todavía está a tiempo de abordar esta cuestión con calma. No estamos ante un escenario de regulación masiva inmediata. Pero sí estamos ante un cambio de época.

La inteligencia artificial ya no es solo una herramienta de innovación. Es un elemento que puede afectar reputación, finanzas y continuidad del negocio.

Tal vez la pregunta más importante que deberían hacerse hoy los empresarios de la región no sea si existe o no una ley específica en su país. La pregunta es más simple: Si mañana alguien importante para mi negocio me pide explicar cómo funciona la inteligencia artificial que uso y cómo controlo sus riesgos, ¿estoy preparado para responder con claridad? Si la respuesta no es un sí contundente, el momento de ordenar no es cuando llegue el problema. Es ahora. Porque en el nuevo escenario, la diferencia no estará entre quienes usan inteligencia artificial y quienes no. Estará entre quienes la usan con responsabilidad y quienes la usan sin darse cuenta de lo que implica.

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El Desafío de la sucesión en las empresas familiares https://tecnofuturo24.com/el-desafio-de-la-sucesion-en-las-empresas-familiares-2/ Mon, 23 Feb 2026 15:20:42 +0000 https://tecnofuturo24.com/?p=15197 Columna de opinión por Diego Madeo. Director Ejecutivo de Garnet Technology La…

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Columna de opinión por Diego Madeo. Director Ejecutivo de Garnet Technology

La sucesión generacional es uno de los mayores desafíos de las empresas familiares. A partir de experiencias reales y datos concretos, esta nota analiza por qué muchas no logran trascender y qué hacen diferente aquellas que sí lo consiguen. Tuve la suerte de haber trabajado durante muchos años en una gran compañía multinacional. Admito que allí aprendí muchísimo, sobre todo en lo referente a procesos, metodologías de trabajo y formas de organización que, en más de una ocasión, pueden parecer tediosas, lentas o excesivamente burocráticas. Sin embargo, con el tiempo entendí que esos métodos, aunque incómodos en el día a día, suelen ser el camino correcto para construir buenos resultados en el mediano y largo plazo.

Después de casi quince años, la vida profesional me dio la oportunidad, y me gusta decir la suerte, de pasar al mundo de las PYMEs. Y lo llamo suerte porque fue, verdaderamente, una aventura. Una aventura desafiante, intensa y profundamente formativa. Todo el aprendizaje previo no solo encontró un espacio donde aplicarse, sino que se potenció. En una pyme, el hacer y deshacer es dinámico, inmediato; las decisiones tienen impacto directo y el aprendizaje es constante, casi diario.

En ese entorno, uno comprende rápidamente que no todo está escrito, que muchas veces no hay manuales ni estructuras perfectas, y que gran parte del crecimiento depende de la capacidad de adaptarse, corregir y volver a intentar. La cercanía con las personas, con los equipos y, muchas veces, con la familia detrás de la empresa, le da al negocio una dimensión mucho más humana.

Empresas familiares, cuando el apellido pesa

Es en este contexto es donde empecé a entender en profundidad el valor y la complejidad de las empresas familiares. Empresas que nacen de un sueño, de una necesidad o de una oportunidad, pero sobre todo de una enorme vocación de trabajo donde literalmente no hay descanso ni fines de semana. Empresas donde el apellido pesa, donde las decisiones no solo se toman con la cabeza, sino también con los sentimientos, decisiones subjetivas que pueden ser muy peligrosas. Mientras esto sucede, el tiempo pasa y sin darte cuenta aparece uno de los mayores desafíos: trascender, ya no se trata de sobrevivir y crecer, sino lograr que ese proyecto de vida que inició una generación pueda continuar en manos de la siguiente, sin perder identidad, pero aceptando que el mundo y la dinámica comercial ya no es la misma.

Las empresas familiares constituyen el pilar fundamental de muchas economías a nivel mundial. Se estima que el 70% de las empresas familiares no logra sobrevivir al traspaso a la segunda generación, y lo más alarmante es que solo el 4% llega con éxito a la tercera. Esta cifra, repetida en múltiples estudios a nivel internacional, no solo revela un problema de sucesión, sino también de preparación, profesionalización y visión de largo plazo. Según datos recopilados por la consultora PwC en su informe global sobre empresas familiares, uno de los mayores riesgos a los que se enfrentan es la falta de planificación estructurada para la sucesión. De hecho, más del 40% de las empresas familiares no tiene un plan formal para el recambio generacional, lo que suele derivar en conflictos internos, pérdida de rumbo estratégico y, en muchos casos, el cierre o venta de la empresa.

Además, según el Instituto Argentino de la Empresa Familiar (IADEF), otro dato crítico es que el 85% de las empresas en Argentina son familiares, pero solo el 30% logra continuar con éxito después del retiro del fundador. Esta realidad se repite en gran parte de América Latina, las PYMEs familiares tienen un peso enorme en la economía, pero al mismo tiempo su continuidad en el tiempo es frágil. Y ahí es donde inevitablemente me pregunto por qué. ¿Será que los gobiernos no acompañan con reglas claras y políticas de largo plazo? ¿O el problema está puertas adentro, en cómo se gestionan, se ordenan y se preparan para el recambio generacional?

El mercado de la seguridad y el choque generacional

En el mercado de la seguridad, especialmente en el segmento de las empresas de monitoreo, hoy observo que muchas están atravesando el proceso de desarrollo y consolidación de las segundas generaciones. Lo veo de manera recurrente en mis recorridas y en las conversaciones con dueños, hijos y equipos que conviven día a día con ese desafío.

A principios de los años 90, cuando la infraestructura telefónica crecía a pasos agigantados y las alarmas micro procesadas comenzaban a consolidarse, surgieron empresas visionarias que apostaron por un negocio prácticamente sin explorar: la seguridad electrónica. El mercado era joven, estaba lleno de oportunidades, y quienes lo iniciaron sabían que había mucho por construir. No había manuales ni fórmulas mágicas; había intuición, trabajo constante y una idea bastante clara de hacia dónde querían ir. Pero hoy ya no es lo mismo y las nuevas generaciones llegan a profesionalizar y optimizar muchos de los procesos para poder seguir creciendo y sobrevivir en un mercado mucho más competitivo.

En esas charlas, muchas veces largas y sinceras, aparecen siempre los mismos temas. Veo cómo se mezclan los roles, cómo lo familiar se cruza con lo empresarial sin un límite claro, y cómo esa confusión termina generando tensiones que no siempre se dicen en voz alta. Escucho historias donde nadie sabe del todo quién decide qué, donde las responsabilidades se superponen, donde no existe una regla escrita que ordene la relación entre la familia y la empresa. Donde la superposición de roles familiares y empresariales puede generar tensiones y conflictos, afectando la toma de decisiones, y, en no pocos casos, aparece algo todavía más profundo, la dificultad del fundador para soltar el control, para confiar plenamente en que la nueva generación puede y debe tomar decisiones, equivocarse y aprender.

Creer que lo que funcionaba hace 30 años sigue funcionando hoy es uno de los errores más comunes. Lo más importante para comprender este cambio es entender que estamos frente a nuevas generaciones de consumidores, que se informan, eligen y consumen de una manera completamente distinta.

Con el tiempo entendí que el problema no es el recambio en sí, ni mucho menos “pasar la posta” de manera simbólica. El verdadero desafío está en construir una estrategia consciente y planificada, que prepare a la nueva generación, que abrace la profesionalización y que incorpore herramientas modernas de gestión como parte del ADN del negocio. Porque cuando eso no sucede, la empresa queda atrapada entre lo que fue y lo que nunca termina de ser.

En un mundo que cambia a velocidad vertiginosa, la capacidad de una empresa familiar para trascender generaciones no dependerá solo del apellido que la fundó, sino de su habilidad para adaptarse, reinventarse y entender que el legado no es algo que se conserva de manera estática, sino algo que se transforma para continuar.

Planificar, ordenar y profesionalizar

Con el paso del tiempo, y después de haber acompañado a muchas empresas familiares en distintos momentos de su historia, fui entendiendo que no existen recetas mágicas para lograr una transición generacional exitosa, pero sí algunos patrones que se repiten cuando las cosas salen bien. Uno de los más claros es la planificación. Las empresas que logran atravesar este proceso de manera ordenada son aquellas que empiezan a pensar la sucesión con tiempo, sin apuros ni urgencias, permitiendo que el recambio sea gradual y que la nueva generación se prepare de verdad para el rol que le tocará asumir.

También aprendí que la claridad en los roles y responsabilidades es clave. Cuando cada persona sabe qué se espera de ella, dónde empieza y termina su función, y cómo se toman las decisiones, se reducen los conflictos y se gana foco. En cambio, cuando todo se mezcla, familia, empresa, emociones, el negocio suele perder orden y dirección.

Otro punto fundamental tiene que ver con la formación. La nueva generación no puede liderar solo por herencia; necesita capacitarse, formarse, equivocarse y aprender. Invertir en educación, en experiencia y en desarrollo personal no es un gasto, es una de las mejores inversiones que una empresa familiar puede hacer para asegurar su continuidad.

En ese mismo camino aparece la profesionalización de la gestión. Incorporar prácticas modernas, ordenar procesos y, en muchos casos, sumar miradas externas, como la de un consultor, aporta mucho. No se trata de perder identidad, sino de fortalecerla con herramientas que ayuden a tomar mejores decisiones en un contexto cada vez más complejo y competitivo.

Nada de esto funciona sin comunicación. La apertura para hablar, disentir, plantear dudas y expresar preocupaciones de manera honesta es lo que permite alinear objetivos y evitar que los conflictos se acumulen en silencio. Cuando la conversación fluye, las decisiones mejoran y el negocio también.

He visto empresas que lograron atravesar generaciones y perdurar en el tiempo. En todos esos casos, hay algo en común, una enorme capacidad de adaptación, una identidad clara que se sostiene más allá de las personas, y una gestión financiera prudente que prioriza el largo plazo por sobre la urgencia del corto.

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Amenazas de día cero: la vulnerabilidad que nadie ve hasta que ya es tarde https://tecnofuturo24.com/amenazas-de-dia-cero-la-vulnerabilidad-que-nadie-ve-hasta-que-ya-es-tarde/ Mon, 16 Feb 2026 15:00:13 +0000 https://tecnofuturo24.com/?p=15193 Columna de opinión por Maximiliano Ripani. Experto en Ciberseguridad de ZMA IT…

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Columna de opinión por Maximiliano Ripani. Experto en Ciberseguridad de ZMA IT Solutions (www.zma.la)

En el mundo de la ciberseguridad existe un concepto que, aunque suene técnico y lejano, en realidad nos afecta a todos: las amenazas de día cero. Este término hace referencia a fallas de seguridad en programas, sistemas operativos o aplicaciones que todavía no fueron descubiertas por el fabricante. Eso significa que no hay parches, no hay actualizaciones, y los atacantes que logran encontrarlas primero tienen vía libre para aprovecharse.

Imaginemos una casa con una puerta trasera que nadie sabía que existía. Los dueños viven tranquilos porque tienen rejas, alarma y hasta cámaras, pero un ladrón encuentra esa puerta oculta y entra sin dejar rastros. Eso, llevado al plano digital, es exactamente lo que representa una vulnerabilidad de día cero: un acceso invisible, desconocido, y por lo tanto peligrosísimo.

¿Por qué son tan peligrosas?

La principal razón es simple: no hay defensa preparada de antemano. Cuando se descubre una falla común, el fabricante publica un parche y los usuarios actualizan. Pero en los 0-day (como también se los llama), el atacante juega con ventaja porque sabe algo que el resto del mundo ignora. Esa ventana de tiempo, que puede durar días, semanas o incluso meses, es oro puro para el ciberdelincuente.

Además, los ataques de día cero suelen ser muy silenciosos. No buscan llamar la atención enseguida, sino infiltrarse y moverse dentro de la red sin ser detectados. Muchas veces, lo que buscan no es apagar la computadora o dejar un mensaje en la pantalla, sino algo mucho más grave: robar información confidencial, espiar comunicaciones, comprometer sistemas de pago o preparar el terreno para un ransomware que se ejecuta después, cuando el daño ya es irreversible.

Ejemplos cercanos para entenderlo

Aunque a veces estos temas parecen pertenecer al mundo de las películas de espías, lo cierto es que los 0-day ya impactaron en empresas, gobiernos y hasta usuarios comunes. Un ejemplo famoso fue el ataque a través de WhatsApp en 2019, donde un fallo desconocido permitía a los atacantes instalar software espía en los teléfonos con solo hacer una llamada. El usuario ni siquiera tenía que atender. Se trató de un caso de “zero-click”, es decir, un ataque que no requiere que la víctima haga nada.

Más cerca de lo que pensamos, muchas empresas argentinas sufrieron ataques que empezaron con vulnerabilidades no conocidas en servidores o aplicaciones web. El resultado: robo de bases de datos, filtración de información de clientes y, en algunos casos, pérdida de confianza y reputación que costó millones.

¿Cómo se defienden las empresas si no hay solución oficial?

Acá aparece la parte más complicada. Como no existe un “parche mágico”, la defensa contra estas amenazas depende de tener una estrategia integral y por capas.

En primer lugar, los antivirus tradicionales no alcanzan. No sirven las soluciones que se basan únicamente en reconocer archivos maliciosos conocidos. Lo que hace falta son tecnologías capaces de detectar comportamientos sospechosos, aunque nunca antes hayan visto ese ataque. Esto es lo que hacen los sistemas modernos llamados EDR (detección y respuesta en endpoints), que analizan cómo se comporta un programa y si intenta hacer cosas raras, como manipular la memoria, conectarse a lugares desconocidos o ejecutar código sin permiso.

Pero la defensa no termina en las computadoras. También es clave poder ver lo que pasa en la red, porque muchos ataques de día cero se delatan por cómo se comunican hacia afuera. Herramientas que analizan el flujo de datos permiten detectar conexiones sospechosas, como cuando una máquina empieza a hablar con un servidor en otro país que nunca estuvo en los registros.

A eso se suma la correlación de eventos: juntar registros de actividad de distintos sistemas (servidores, correos, accesos, dispositivos) y analizarlos en conjunto para encontrar patrones. Lo que a simple vista parece un error menor, al unirlo con otros eventos puede revelar un ataque en progreso.

Por último, nada de esto sirve si no existe un proceso organizado dentro de la empresa. No se trata solo de comprar tecnología, sino de definir quién hace qué en caso de un incidente, cómo se comunica el problema y qué medidas se toman para contenerlo. En ciberseguridad, la rapidez de respuesta muchas veces es lo que marca la diferencia entre un susto controlado y una catástrofe.

El factor humano

Un aspecto que no podemos dejar de lado es el humano. Muchos ataques de día cero entran al sistema porque primero engañaron a un usuario: un correo falso, un archivo adjunto, una página que imita a otra legítima. Aunque la vulnerabilidad sea técnica, el primer paso suele ser social.

Por eso, capacitar a los equipos sigue siendo fundamental. No se trata de convertir a todos en expertos en ciberseguridad, sino de darles hábitos simples: desconfiar de correos raros, no abrir adjuntos que no corresponden, verificar direcciones web antes de ingresar datos. Con esas pequeñas prácticas, el riesgo baja muchísimo.

¿Qué pasa en Argentina?

Las empresas argentinas, desde grandes corporaciones hasta PyMEs, enfrentan un escenario complejo. Por un lado, tienen que lidiar con sistemas heredados (los famosos “legacy”) que no siempre pueden actualizar rápido. Por otro, dependen cada vez más de aplicaciones en la nube, accesos remotos y redes que incluyen desde servidores críticos hasta dispositivos IoT. Todo eso amplía la superficie de ataque.

La realidad es que ninguna empresa está completamente a salvo de un 0-day, pero las que tienen planes, procesos y herramientas de visibilidad corren con ventaja. Al menos pueden detectar más rápido y reaccionar antes de que el daño sea total.

Reflexión final

Las amenazas de día cero son, en definitiva, un recordatorio de que la seguridad digital nunca es estática. No alcanza con “tener antivirus” o con “haber invertido una vez en firewalls”. Es un proceso vivo, que requiere atención constante, tecnología adecuada y, sobre todo, una cultura organizacional que entienda que la información es un activo tan valioso como la caja fuerte de un banco.

La buena noticia es que hay maneras de convivir con este riesgo. Con soluciones modernas de detección, monitoreo inteligente de red, análisis de registros, planes de respuesta claros y usuarios más conscientes, un ataque de día cero deja de ser una sentencia inevitable para convertirse en un desafío manejable.

Porque al final del día, la diferencia no la marca el atacante que encuentra la puerta oculta, sino la preparación de quienes están adentro para cerrar esa entrada antes de que sea demasiado tarde.

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Motivaciones de compra: qué impulsa a hogares y empresas a invertir en seguridad y cómo el sector acompaña esa decisión https://tecnofuturo24.com/motivaciones-de-compra-que-impulsa-a-hogares-y-empresas-a-invertir-en-seguridad-y-como-el-sector-acompana-esa-decision/ Wed, 04 Feb 2026 23:36:10 +0000 https://tecnofuturo24.com/?p=15189 Cuando hablamos de Tecnologías en seguridad, la decisión de compra rara vez…

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Cuando hablamos de Tecnologías en seguridad, la decisión de compra rara vez es “impulsiva”. Suele ser una respuesta racional-emocional a una misma ecuación: riesgo percibido + necesidad de control + confianza en la solución. Desde CASEL (Cámara Argentina de Seguridad Electrónica) analizamos los principales motores que llevan a una persona o una organización a invertir en protección, y qué esperan hoy del ecosistema de empresas, instaladores, fabricantes y centrales de monitoreo.

El disparador más común, la percepción de vulnerabilidad (aunque no haya un hecho reciente)

Los datos ayudan a entender por qué el tema se instala en agenda. En Argentina, durante 2024 se registraron 466.368 robos (tasa 990,8 cada 100.000 habitantes) y 376.498 hurtos (tasa 799,9), según el Informe Ejecutivo del SNIC. Y aunque el país muestra una tasa de homicidios dolosos de 3,8 cada 100.000 habitantes en 2024, la sensación de riesgo en la vida cotidiana no se explica sólo por homicidios: la experiencia urbana suele estar más asociada a robos, intrusiones, arrebatos y delitos de oportunidad. A nivel regional, el “miedo” también aparece como un fenómeno estructural: la OCDE reporta que casi 9 de cada 10 personas en América Latina y el Caribe dicen estar siempre, frecuentemente u ocasionalmente preocupadas por convertirse en víctimas de un delito violento, y 14% declara que alguien de su hogar fue víctima de un delito en el último año.

Psicología del consumidor, por qué “sentirse seguro” pesa más que “estar seguro”

En términos de psicología, la compra de seguridad se apoya en sesgos y necesidades muy concretas: Heurística de disponibilidad: si un robo cercano “se escucha” más (en el barrio, el grupo de WhatsApp, redes), el riesgo se siente más probable. Aversión a la pérdida: la mayoría prefiere pagar para evitar una pérdida grande (intrusión, mercadería robada, información, continuidad operativa) antes que “apostar” a que no pase.

Búsqueda de control: la tecnología que permite ver, registrar, recibir alertas, verificar y actuar baja la ansiedad, porque transforma incertidumbre en información. Confianza y legitimidad: si el usuario duda de la respuesta institucional, crece la tendencia a “autoprotegerse”. En la Encuesta Nacional de Victimización (INDEC), la desconfianza en las autoridades aparece como principal motivo de no denuncia (alrededor de un tercio de los casos), y además se observa que 47,5% de los delitos contra el hogar y 66,3% de los delitos contra las personas no fueron denunciados.

Este punto es clave: cuando el delito no se denuncia o no se resuelve, el consumidor no sólo busca equipos: busca certeza, respuesta y acompañamiento.

Motivaciones distintas: hogar vs. empresa (pero con un punto en común)

En el hogar, la motivación principal suele ser proteger: la familia (integridad), la vivienda (intrusión), y la “tranquilidad mental” (poder descansar, viajar, trabajar). La evidencia muestra cómo esa preocupación se vuelve masiva: el INDEC registró que en 2016 13,6% de los hogares sufrió al menos un delito contra el hogar, y el robo/hurto en vivienda afectó al 8%. En la misma encuesta, 85,4% de los hogares declaró tener alguna medida de seguridad, y 85,1% consideró la inseguridad en su ciudad como un problema “bastante o muy grave”. En la empresa, además del factor humano, entran motivaciones económicas y operativas: continuidad del negocio (evitar paradas), protección de activos (mercadería, equipos, vehículos), reducción de pérdidas y conflictos, y control de procesos (accesos, trazabilidad, auditoría).

En ambos casos, el denominador común es el mismo: la seguridad deja de ser “un gasto” cuando se entiende como gestión del riesgo.

Cómo acompañan hoy las empresas: de “vender equipos” a diseñar experiencias de protección

El mercado maduró. El usuario ya no compra sólo una cámara, una alarma o un control de acceso, compra un sistema confiable y, sobre todo, una promesa de funcionamiento real. Desde CASEL, observamos 5 expectativas que hoy definen la decisión:

Diagnóstico profesional: relevamiento, análisis de escenarios, puntos ciegos, hábitos de uso y niveles de riesgo. Diseño de solución: capas de protección (detección, verificación, disuasión, registro, respuesta). Instalación certificable y mantenimiento: calidad de instalación, pruebas, respaldo, soporte. Usabilidad (UX): apps claras, automatizaciones simples, alertas accionables; menos “configuración”, más “tranquilidad”. Confianza y ética: tratamiento responsable de datos e imágenes, permisos, ciberseguridad, transparencia en qué se graba, qué se guarda y quién accede.

El desafío 2026, confianza, profesionalización y educación del usuario

La seguridad electrónica no compite sólo por precio: compite por confianza. Y la confianza se construye cuando el sector: profesionaliza instalaciones, capacita al canal, educa al usuario final, adopta buenas prácticas de ciberseguridad, y comunica con claridad qué problema resuelve cada tecnología.

Desde CASEL, reafirmamos que el crecimiento del mercado debe venir de la mano de un estándar: más conocimiento, mejores instalaciones y soluciones orientadas a la vida real. Porque al final, la motivación de compra es simple de decir, pero profunda de sostener: las personas y las empresas invierten en seguridad para recuperar algo que vale muchísimo: la tranquilidad de poder vivir y trabajar sin miedo.

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El Desafío de la sucesión en las empresas familiares https://tecnofuturo24.com/el-desafio-de-la-sucesion-en-las-empresas-familiares/ Wed, 21 Jan 2026 15:17:07 +0000 https://tecnofuturo24.com/?p=15185 Columna de opinión por Diego Madeo. Director Ejecutivo de Garnet Technology La…

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Columna de opinión por Diego Madeo. Director Ejecutivo de Garnet Technology

La sucesión generacional es uno de los mayores desafíos de las empresas familiares. A partir de experiencias reales y datos concretos, esta nota analiza por qué muchas no logran trascender y qué hacen diferente aquellas que sí lo consiguen. Tuve la suerte de haber trabajado durante muchos años en una gran compañía multinacional. Admito que allí aprendí muchísimo, sobre todo en lo referente a procesos, metodologías de trabajo y formas de organización que, en más de una ocasión, pueden parecer tediosas, lentas o excesivamente burocráticas. Sin embargo, con el tiempo entendí que esos métodos, aunque incómodos en el día a día, suelen ser el camino correcto para construir buenos resultados en el mediano y largo plazo.

Después de casi quince años, la vida profesional me dio la oportunidad, y me gusta decir la suerte, de pasar al mundo de las PYMEs. Y lo llamo suerte porque fue, verdaderamente, una aventura. Una aventura desafiante, intensa y profundamente formativa. Todo el aprendizaje previo no solo encontró un espacio donde aplicarse, sino que se potenció. En una pyme, el hacer y deshacer es dinámico, inmediato; las decisiones tienen impacto directo y el aprendizaje es constante, casi diario.

En ese entorno, uno comprende rápidamente que no todo está escrito, que muchas veces no hay manuales ni estructuras perfectas, y que gran parte del crecimiento depende de la capacidad de adaptarse, corregir y volver a intentar. La cercanía con las personas, con los equipos y, muchas veces, con la familia detrás de la empresa, le da al negocio una dimensión mucho más humana.

Empresas familiares, cuando el apellido pesa

Es en este contexto es donde empecé a entender en profundidad el valor y la complejidad de las empresas familiares. Empresas que nacen de un sueño, de una necesidad o de una oportunidad, pero sobre todo de una enorme vocación de trabajo donde literalmente no hay descanso ni fines de semana. Empresas donde el apellido pesa, donde las decisiones no solo se toman con la cabeza, sino también con los sentimientos, decisiones subjetivas que pueden ser muy peligrosas. Mientras esto sucede, el tiempo pasa y sin darte cuenta aparece uno de los mayores desafíos: trascender, ya no se trata de sobrevivir y crecer, sino lograr que ese proyecto de vida que inició una generación pueda continuar en manos de la siguiente, sin perder identidad, pero aceptando que el mundo y la dinámica comercial ya no es la misma.

Las empresas familiares constituyen el pilar fundamental de muchas economías a nivel mundial. Se estima que el 70% de las empresas familiares no logra sobrevivir al traspaso a la segunda generación, y lo más alarmante es que solo el 4% llega con éxito a la tercera. Esta cifra, repetida en múltiples estudios a nivel internacional, no solo revela un problema de sucesión, sino también de preparación, profesionalización y visión de largo plazo. Según datos recopilados por la consultora PwC en su informe global sobre empresas familiares, uno de los mayores riesgos a los que se enfrentan es la falta de planificación estructurada para la sucesión. De hecho, más del 40% de las empresas familiares no tiene un plan formal para el recambio generacional, lo que suele derivar en conflictos internos, pérdida de rumbo estratégico y, en muchos casos, el cierre o venta de la empresa.

Además, según el Instituto Argentino de la Empresa Familiar (IADEF), otro dato crítico es que el 85% de las empresas en Argentina son familiares, pero solo el 30% logra continuar con éxito después del retiro del fundador. Esta realidad se repite en gran parte de América Latina, las PYMEs familiares tienen un peso enorme en la economía, pero al mismo tiempo su continuidad en el tiempo es frágil. Y ahí es donde inevitablemente me pregunto por qué. ¿Será que los gobiernos no acompañan con reglas claras y políticas de largo plazo? ¿O el problema está puertas adentro, en cómo se gestionan, se ordenan y se preparan para el recambio generacional?

El mercado de la seguridad y el choque generacional

En el mercado de la seguridad, especialmente en el segmento de las empresas de monitoreo, hoy observo que muchas están atravesando el proceso de desarrollo y consolidación de las segundas generaciones. Lo veo de manera recurrente en mis recorridas y en las conversaciones con dueños, hijos y equipos que conviven día a día con ese desafío.

A principios de los años 90, cuando la infraestructura telefónica crecía a pasos agigantados y las alarmas micro procesadas comenzaban a consolidarse, surgieron empresas visionarias que apostaron por un negocio prácticamente sin explorar: la seguridad electrónica. El mercado era joven, estaba lleno de oportunidades, y quienes lo iniciaron sabían que había mucho por construir. No había manuales ni fórmulas mágicas; había intuición, trabajo constante y una idea bastante clara de hacia dónde querían ir. Pero hoy ya no es lo mismo y las nuevas generaciones llegan a profesionalizar y optimizar muchos de los procesos para poder seguir creciendo y sobrevivir en un mercado mucho más competitivo.

En esas charlas, muchas veces largas y sinceras, aparecen siempre los mismos temas. Veo cómo se mezclan los roles, cómo lo familiar se cruza con lo empresarial sin un límite claro, y cómo esa confusión termina generando tensiones que no siempre se dicen en voz alta. Escucho historias donde nadie sabe del todo quién decide qué, donde las responsabilidades se superponen, donde no existe una regla escrita que ordene la relación entre la familia y la empresa. Donde la superposición de roles familiares y empresariales puede generar tensiones y conflictos, afectando la toma de decisiones, y, en no pocos casos, aparece algo todavía más profundo, la dificultad del fundador para soltar el control, para confiar plenamente en que la nueva generación puede y debe tomar decisiones, equivocarse y aprender.

Creer que lo que funcionaba hace 30 años sigue funcionando hoy es uno de los errores más comunes. Lo más importante para comprender este cambio es entender que estamos frente a nuevas generaciones de consumidores, que se informan, eligen y consumen de una manera completamente distinta.

Con el tiempo entendí que el problema no es el recambio en sí, ni mucho menos “pasar la posta” de manera simbólica. El verdadero desafío está en construir una estrategia consciente y planificada, que prepare a la nueva generación, que abrace la profesionalización y que incorpore herramientas modernas de gestión como parte del ADN del negocio. Porque cuando eso no sucede, la empresa queda atrapada entre lo que fue y lo que nunca termina de ser.

En un mundo que cambia a velocidad vertiginosa, la capacidad de una empresa familiar para trascender generaciones no dependerá solo del apellido que la fundó, sino de su habilidad para adaptarse, reinventarse y entender que el legado no es algo que se conserva de manera estática, sino algo que se transforma para continuar.

Planificar, ordenar y profesionalizar

Con el paso del tiempo, y después de haber acompañado a muchas empresas familiares en distintos momentos de su historia, fui entendiendo que no existen recetas mágicas para lograr una transición generacional exitosa, pero sí algunos patrones que se repiten cuando las cosas salen bien. Uno de los más claros es la planificación. Las empresas que logran atravesar este proceso de manera ordenada son aquellas que empiezan a pensar la sucesión con tiempo, sin apuros ni urgencias, permitiendo que el recambio sea gradual y que la nueva generación se prepare de verdad para el rol que le tocará asumir.

También aprendí que la claridad en los roles y responsabilidades es clave. Cuando cada persona sabe qué se espera de ella, dónde empieza y termina su función, y cómo se toman las decisiones, se reducen los conflictos y se gana foco. En cambio, cuando todo se mezcla, familia, empresa, emociones, el negocio suele perder orden y dirección.

Otro punto fundamental tiene que ver con la formación. La nueva generación no puede liderar solo por herencia; necesita capacitarse, formarse, equivocarse y aprender. Invertir en educación, en experiencia y en desarrollo personal no es un gasto, es una de las mejores inversiones que una empresa familiar puede hacer para asegurar su continuidad.

En ese mismo camino aparece la profesionalización de la gestión. Incorporar prácticas modernas, ordenar procesos y, en muchos casos, sumar miradas externas, como la de un consultor, aporta mucho. No se trata de perder identidad, sino de fortalecerla con herramientas que ayuden a tomar mejores decisiones en un contexto cada vez más complejo y competitivo.

Nada de esto funciona sin comunicación. La apertura para hablar, disentir, plantear dudas y expresar preocupaciones de manera honesta es lo que permite alinear objetivos y evitar que los conflictos se acumulen en silencio. Cuando la conversación fluye, las decisiones mejoran y el negocio también.

He visto empresas que lograron atravesar generaciones y perdurar en el tiempo. En todos esos casos, hay algo en común, una enorme capacidad de adaptación, una identidad clara que se sostiene más allá de las personas, y una gestión financiera prudente que prioriza el largo plazo por sobre la urgencia del corto.

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Comprar online sin caer en una estafa: el nuevo arte de caminar por la vidriera infinita https://tecnofuturo24.com/comprar-online-sin-caer-en-una-estafa-el-nuevo-arte-de-caminar-por-la-vidriera-infinita/ Wed, 21 Jan 2026 15:14:43 +0000 https://tecnofuturo24.com/?p=15181 Columna de opinión por Maximiliano Ripani. Experto en ciberseguridad de ZMA IT…

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Columna de opinión por Maximiliano Ripani. Experto en ciberseguridad de ZMA IT Solutions

Hay una nueva escena de la vida moderna que ya se volvió tan habitual como preparar el desayuno, miramos el celular y aparece una publicidad de algo que, curiosamente, veníamos pensando. Un par de zapatillas, un electrodoméstico, un regalo para un cumpleaños, un pasaje, un celular nuevo. En un par de toques ya estamos frente a una oferta irresistible, una promesa brillante o un descuento que parece imposible. Comprar online dejó de ser una actividad excepcional para convertirse en una parte integrante de la cotidianeidad. Desde el supermercado hasta el pago de un impuesto, desde una cama para el perro hasta un repuesto del auto; todo, absolutamente todo, vive en esa vidriera infinita que es internet.

Pero junto con la comodidad vino el riesgo. Si antes temíamos olvidarnos la billetera en un taxi o perder una tarjeta en un cajón, ahora el temor es más etéreo. Ya no se trata de un ladrón que nos saca algo de la mano, sino de alguien que ni sabemos quién es, que puede estar en otra ciudad o incluso en otro continente, y que se vale de nuestra confianza para vaciarnos una cuenta, robar nuestra identidad o simplemente desaparecer con nuestro dinero. Internet trajo lo mejor y lo peor del comercio humano: ofertas increíbles y engaños elaborados, oportunidades reales y trampas muy bien disfrazadas.

Lo más inquietante es que nadie está exento. No importa la edad, el nivel de estudios, el conocimiento tecnológico o la experiencia de vida. Las estafas online no funcionan por ingenuidad: funcionan por psicología. Funcionan porque todos somos humanos, porque nos entusiasma encontrar una buena oportunidad, porque queremos resolver rápido, porque confiamos, porque estamos distraídos. Y porque los estafadores aprendieron a hablar nuestro lenguaje, a imitar a las marcas y a mezclarse entre miles de ofertas legítimas.

Por eso vale la pena pensar, con calma, sin miedo, cómo podemos caminar este mundo digital sin caer en trampas, cómo comprar con confianza, cómo distinguir una oferta real de una que busca estafarnos, cómo mantener la sensatez en un entorno que a veces parece diseñado para confundirnos.

No se trata de desconfiar de todo, sino de aprender a mirar con otros ojos.

Las estafas digitales rara vez se presentan como amenazas. No aparecen con luces rojas ni con música de suspenso. Al contrario: suelen llegar disfrazadas de oportunidad. Un precio demasiado bueno para ser verdad. Un producto “última unidad”. Un envío gratis que termina hoy. Una promoción exclusiva a la que “fuiste seleccionado”.

Los estafadores conocen el funcionamiento de nuestro cerebro mejor que nosotros mismos. Saben que cuando vemos algo que sentimos que no podemos dejar pasar, actuamos rápido. Nos apuran. Nos hacen sentir únicos. Nos envuelven en la idea de que, si no hacemos clic YA, perdemos.

La primera defensa contra ese impulso no es técnica: es emocional. Es aprender a reconocer el entusiasmo extraño que nos provoca esa oferta “perfecta”. Si algo te da demasiada adrenalina, si una parte de vos piensa “esto es demasiado bueno”, entonces probablemente lo sea. Ese es el momento para frenar, mirar con otro ángulo y preguntarte: ¿cómo sé que esto es real?

En el mundo físico, si querés comprar algo, sabés perfectamente dónde estás parado: en un local, en un shopping, en una feria. Ves paredes, personas, objetos. Tenés información visual que te ayuda a confiar o no confiar.

En internet, la “puerta de entrada” es la dirección web. Y aunque suene técnico, no lo es. Una dirección confiable se ve, se siente y se reconoce.

A veces la diferencia entre un sitio real y uno falso es una letra: amaz0n.com en vez de amazon.com, merdadolibre.com en vez de mercadolibre.com, tiendasoficial-adidas.net en vez de adidas.com. Los estafadores no necesitan crear algo totalmente nuevo, les alcanza con imitar.

Pero hay algo más, los sitios legítimos cuidan su estética. Navegarlos se siente “normal”. Si una página se ve desordenada, con logos deformados, con textos mal escritos, o si al hacer clic en algo te lleva a un lugar distinto, esa es una bandera roja que no falla.

El truco no es ser experto en tecnología. El truco es prestar atención. Igual que no entrarías a un local físico que parece abandonado, tampoco deberías confiar en una web que parece armada a las apuradas.

Las grandes tiendas online, los comercios serios, las marcas reconocidas tienen algo que los estafadores no pueden imitar: la coherencia. Coherencia en los colores, en el dominio, en los textos, en los métodos de pago, en la forma de comunicarse.

Una tienda legítima:

Tiene información clara de contacto.

Tiene políticas de devolución visibles.

Tiene reseñas reales y variadas.

Tiene fotos que no parecen sacadas de un catálogo genérico.

No te presiona por WhatsApp a pagar “por afuera”.

Nunca te pide datos bancarios que no corresponden.

Una tienda falsa suele fallar en alguno, o en varios, de esos detalles. Y basta con detectar uno para encender las alarmas.

Instagram, Facebook y TikTok se convirtieron en mercados gigantescos. Pero también se llenaron de perfiles que venden productos inexistentes. Algunos tienen fotos robadas, otros inventan réplicas perfectas de marcas reconocidas, otros ofrecen precios imposibles.

El problema no es la red social: es la falta de controles. Cualquiera puede crear una tienda falsa y desaparecer en 24 horas.

¿Cómo protegerse?

Mirando lo que no se muestra:

¿El perfil tiene muchos seguidores, pero casi sin comentarios?

¿Los comentarios parecen todos iguales o demasiado elogiosos?

¿Las fotos parecen de catálogo, sin personas reales usándolos?

¿No hay direcciones, teléfonos ni datos fiscales?

¿No existe la marca en otro lugar más allá de ese perfil?

Si la respuesta es sí a varias de estas preguntas, lo mejor es salir corriendo.

A veces creemos que las estafas digitales son tan sofisticadas que cualquiera puede caer. Y es cierto. Pero también es cierto que la mayoría de los engaños tienen un patrón simple: ofrecer algo que no puede existir.

Un iPhone nuevo a un 30% del valor real “solo por hoy”.

Una notebook de gama alta al precio de una básica.

Un televisor que supuestamente se remata por liquidación, pero siempre hay stock.

Las empresas reales sí hacen descuentos. Pero jamás al nivel de la fantasía. El cliente no necesita conocer el mercado: basta con usar el sentido común. Si algo es muy barato, pregúntate por qué. Si no encontrás una explicación razonable, entonces no hay una explicación honesta.

La forma de pago es el filtro más efectivo. Los estafadores siempre buscan que pagues por métodos que no permiten reclamos ni reversión, tales como: transferencias bancarias, depósitos, billeteras digitales a personas desconocidas, links raros, intermediarios improvisados.

Las tiendas reales permiten:

Tarjetas de crédito.

Plataformas conocidas.

Medios con respaldo y posibilidad de reclamo.

Una tienda confiable jamás te diría: “Transferime a esta cuenta personal que te hago descuento”.

O: “El pago es por este link de un proveedor amigo, no por la web”.

Eso es equivalente a que un vendedor de un shopping te diga que la caja no funciona y que le pagues a él en mano detrás del local. No lo harías jamás.

Si hay algo que los estafadores perfeccionaron es el arte de apurarte. Son vendedores agresivos. Te cuentan historias diseñadas para que no pienses demasiado:

“Última unidad, se la estoy por reservar a otro.”

“Cerramos hoy, mañana ya no podemos entregarlo.”

“Es de un familiar que necesita el dinero urgente.”

“Reserva solo por transferencia porque la plataforma me cobra mucho.”

Estas frases existen porque funcionan. Y funcionan porque apelan a dos emociones humanas muy profundas: la ansiedad y la solidaridad.

La defensa, otra vez, no es técnica, es emocional. Cuando alguien te apura, cuando algo te hace sentir que si no decidís YA perdés la oportunidad, cuando te quieren empujar en vez de acompañar… es momento de frenar.

Las reseñas pueden ser una bendición o una trampa. Hay sitios con miles de comentarios falsos escritos por bots. Hay perfiles de redes sociales con reseñas que claramente son copy/paste. Pero también hay espacios con opiniones genuinas, variadas, con quejas y elogios reales.

¿Cómo distinguirlo?

Buscá el matiz. Las reseñas reales no son perfectas. No todas dicen lo mismo. Algunas cuentan detalles cotidianos, otras elogian la atención, otras dan advertencias leves. Un conjunto sano de reseñas se parece más a una conversación humana que a un coro de robots.

Si todo es perfecto, si todo suena igual, si no hay una sola crítica, si el lenguaje parece artificial… sospechá.

Los humanos somos animales entrenados para detectar peligros. Nuestros instintos no desaparecieron, los silenciamos. A veces sentimos “algo raro” y lo ignoramos porque queremos creer en la oportunidad. Pero esa sensación es real. Cuando algo no cierra, no cierra. Cuando algo no te convence, aunque no puedas explicar por qué, escuchate.

La intuición no es enemiga de la razón, es su aliada silenciosa. Una estafa no siempre busca dinero inmediato. A veces busca tu información. Tu DNI, tu dirección, tu número de celular, tu correo, los datos de tu tarjeta, tu identidad digital. Esa información vale más que cualquier compra. Por eso, si una página pide demasiados datos, si te exige cosas que no corresponden, si te obliga a completar formularios sospechosos o si te pide claves que nunca deberías dar, salí de ahí sin mirar atrás.

Ningún sitio serio te pide códigos de seguridad, claves bancarias, token, PIN o verificación por WhatsApp. Internet no es peligroso por sí mismo. Lo peligroso es navegarlo sin criterio. Así como en la vida real evitamos ciertas calles, desconfiamos de ciertos vendedores ambulantes o nos alejamos de propuestas demasiado mágicas, lo mismo tenemos que trasladarlo al mundo digital.

Comprar online es seguro si:

Elegís lugares conocidos o de buena reputación.

Revisás la dirección web antes de pagar.

Buscás información externa cuando algo es nuevo.

No dejás que nadie te apure.

Pagás por métodos que te protegen.

Usás plataformas confiables.

No entregás datos sensibles.

Te escuchás a vos mismo.

No se trata de vivir con miedo, sino de vivir con criterio.

Nos guste o no, hoy somos consumidores digitales. Y como tales, necesitamos desarrollar una mirada más madura, más crítica, más cuidadosa. Nadie lo va a hacer por nosotros. Las plataformas mejoran sus controles, los bancos hacen campañas, las marcas verifican cuentas… pero ninguna medida sirve si nosotros mismos no adoptamos la costumbre de revisar, dudar, preguntar y validar.

La educación digital consiste en saber cuidarse.

Es importante decirlo: internet no es un campo minado. Es un mercado gigantesco donde la mayoría de las compras son legítimas. Miles de personas venden con honestidad, miles de tiendas trabajan bien, miles de marcas cuidan la experiencia del usuario. No podemos permitir que los estafadores nos roben la confianza en todo lo demás.

Comprar online es práctico, útil y muchas veces más económico. Solo requiere lo mismo que cualquier interacción humana: un poco de atención.

Cada año aparecen nuevas formas de estafa: suplantación de identidad, redes falsas de tiendas, links engañosos, productos inexistentes, cuentas hackeadas, perfiles clonados. Pero también aparecen nuevas herramientas de protección: sistemas antifraude, pagos con garantía, inteligencia artificial que detecta engaños, plataformas seguras, políticas de devolución claras.

La clave no está en huir del mundo digital, sino en entenderlo. En saber cuándo avanzar y cuándo frenar. En ser consumidores informados, pero no paranoicos.

La vida moderna nos empuja a hacer trámites, compras y gestiones desde la comodidad de un dispositivo. No hay vuelta atrás. Pero podemos elegir cómo hacerlo, a ciegas o con criterio. No hace falta ser experto para evitar estafas. Hace falta atención, calma y sentido común. Hace falta aceptar que, así como no abrirías la billetera en la calle para contar dinero frente a desconocidos, tampoco deberías entregar tu información online sin pensar.

El mundo digital es una vidriera infinita. Y como toda vidriera, tiene cosas verdaderas y cosas engañosas. La diferencia no está en la tecnología: está en tu mirada.

Comprar con seguridad no es solo proteger tu bolsillo: es proteger tu identidad, tu tranquilidad y tu futuro. Es aprender a caminar en un entorno nuevo sin perder la sensatez que siempre tuvimos en la vida real.

Acerca de ZMA IT Solutions. Con más de 50 años de experiencia, ZMA IT Solutions es sinónimo de innovación y confianza en tecnología y ciberseguridad. Somos una empresa familiar que combina tradición y visión de futuro para ofrecer soluciones a medida, respaldadas por una red de más de 600 partners en todo el país. Brindamos software, servicios profesionales y capacitación que impulsan la transformación digital de empresas de todos los tamaños. Nuestra atención cercana y personalizada nos convierte en el aliado ideal para proteger, optimizar y hacer crecer tu negocio. En ZMA, transformamos desafíos tecnológicos en oportunidades de éxito.

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Seguridad Inteligente sobre ruedas. El futuro de la videovigilancia móvil en Argentina https://tecnofuturo24.com/seguridad-inteligente-sobre-ruedas-el-futuro-de-la-videovigilancia-movil-en-argentina/ Fri, 09 Jan 2026 17:54:53 +0000 https://tecnofuturo24.com/?p=15176 La movilidad urbana y logística en Argentina atraviesa una transformación profunda, impulsada…

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La movilidad urbana y logística en Argentina atraviesa una transformación profunda, impulsada por el avance de tecnologías como la videovigilancia móvil, la conectividad vehicular y la inteligencia artificial. Esta evolución está redefiniendo la forma en que se concibe la protección de personas, bienes y entornos en movimiento. En este contexto, la Cámara Argentina de Seguridad Electrónica (CASEL) se posiciona como un actor clave en el análisis, impulso y regulación de estas innovaciones tecnológicas aplicadas a la seguridad en tránsito.

El mercado total mundial de videovigilancia alcanzó los USD 371 millones y proyecta duplicarse hacia 2031, con una tasa de crecimiento anual compuesta del 12%. Si bien los datos específicos sobre videovigilancia móvil aún no están desagregados oficialmente, diversas consultoras globales como Mordor Intelligence y Grand View Research coinciden en suponer una expansión sostenida, especialmente en sectores como el transporte público, la logística urbana y los vehículos particulares.

Según estimaciones elaboradas por el equipo técnico de CASEL Cámara Argentina de Seguridad Electrónica, complementadas con informes regionales, hacia 2030 podríamos esperar:

80% del transporte público urbano equipado con cámaras móviles, GPS y transmisión en tiempo real.

60% de las flotas con integración de sistemas ADAS (Asistencia Avanzada a la Conducción) y DMS (Monitoreo del Conductor).

25% de los vehículos particulares en zonas urbanas utilizando dashcams u otros sistemas de grabación.

20% con tecnologías ADAS básicas incorporadas de fábrica o como retrofit.

Estos datos no solo evidencian un cambio tecnológico, sino una evolución cultural: la seguridad ya no es estática ni reactiva. Es móvil, proactiva y predictiva.

Vehículos conectados, un nuevo paradigma

El concepto de vehículos conectados agrega una capa estratégica. Según datos de Parabrisas Perfil y Statista, este segmento crecerá a nivel global a un ritmo del 17,35% anual, alcanzando los USD 165.000 millones en 2029. En Argentina, se estima que entre el 15% y el 20% del parque automotor será conectado hacia 2030, lo que habilitará funciones como V2V (vehículo a vehículo) y V2X (vehículo con infraestructura, peatones y redes de control). Este escenario abre una oportunidad clave para la industria nacional de seguridad electrónica: desarrollar soluciones integradas que no solo graben y transmitan, sino que también interactúen con los sistemas de tránsito, redes de emergencia y centros de monitoreo urbano.

Desde las cámaras del sector, se entiende que para alcanzar estos niveles de adopción será necesario trabajar en los siguientes puntos:

Normativas claras y actualizadas que regulen el uso ético de la videovigilancia móvil, respetando la privacidad sin perder eficacia.

Incentivos fiscales o financiamiento accesible para la incorporación de estas tecnologías, especialmente en PyMEs y flotas de transporte urbano o interurbano.

Capacitación técnica para instaladores y operadores que estarán a cargo del despliegue y mantenimiento de los sistemas. Interoperabilidad entre dispositivos, plataformas y centros de monitoreo, tanto públicos como privados.

Hablar de videovigilancia móvil ya no es hacer futurismo; es describir las exigencias de la movilidad actual. La seguridad a bordo se ha convertido en prioridad tanto para los usuarios como para las autoridades, y las cifras y tendencias lo confirman. Invertir en cámaras, sensores inteligentes y conectividad no es solo una medida preventiva contra robos o siniestros: es una decisión estratégica que mejora la operación, brinda datos valiosos y salva vidas.

En un transporte público más seguro, aumenta la confianza de los pasajeros y se disuaden hechos delictivos. En una flota logística, se reducen accidentes y costos asociados. En un automóvil particular, el conductor gana asistencia y tranquilidad. Los beneficios tangibles e intangibles son significativos. La pregunta ya no es si estas tecnologías llegarán a dominar la escena, sino qué tan preparados estamos para integrarlas de manera eficaz y ética. Integrarlas eficazmente implica no solo adquirir el hardware, sino capacitar a los conductores en su uso, adaptar los protocolos de las empresas y organismos para reaccionar ante la información provista por estos sistemas, y mantener la infraestructura tecnológica (servidores, redes de datos, centros de monitoreo) en condiciones óptimas. Integrarlas de forma ética conlleva asegurar la privacidad de las personas (por ejemplo, protegiendo las imágenes recogidas y definiendo claramente quién puede acceder a ellas evitar usos indebidos o discriminatorios de la información, y balancear la vigilancia con los derechos individuales. Son desafíos importantes, pero abordables con planificación y colaboración.

El Rol de las cámaras como CASEL, en la industria de la seguridad electrónica es fundamental en este proceso. Como cámara sectorial, se promueve la adopción responsable de estas tecnologías, facilitando la capacitación profesional, la difusión de estándares de calidad y el diálogo con las autoridades para contar con regulaciones actualizadas. El futuro de la movilidad segura en Argentina dependerá de la sinergia entre tecnología, normativa y educación. En esa convergencia, la videovigilancia móvil, junto con ADAS, DMS y vehículos conectados, se perfila no solo como una herramienta de seguridad, sino como un pilar de la movilidad del siglo XXI. La oportunidad está servida: aprovecharla nos permitirá salvar vidas, proteger bienes y mejorar la experiencia de transporte para todos los argentinos.

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