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Hernan Porras Molina. Cada venezolano termina encontrando una selección a la que le prestamos la garganta para gritar un gol que la Vinotinto todavía no nos ha regalado en un Mundial. Así que seguiremos gritando goles de otros países y preguntándonos: ¿cómo disfrutará un venezolano el Mundial cuando su selección, por fin, clasifique? ¿Será que cambiaremos nuestra forma de vivir los mundiales?

Hernán Porras Molina. El único grito/. Desde que empezó el Mundial de Fútbol siento que alguien grita dentro de mi teléfono. Esto no pasaba cuando era niño, porque disfrutaba del fútbol sin gente opinando en tiempo real sobre los partidos.

La selección de fútbol de Venezuela nunca ha clasificado a un Mundial, pero eso no impide que disfrute de cada uno de los partidos. Los venezolanos vivimos el Mundial de una manera distinta. Vivimos adoptando selecciones y, si la elegida es la más desvalida de todas, mejor. Sufrimos el efecto underdog, el síndrome del más débil. Lo llevamos en nuestro ADN mestizo. Primero nos dejamos influir por esa gota de sangre europea que recorre nuestras venas y apoyamos a la madre patria o a cualquier selección europea o africana que nos enamore con su forma de jugar. Luego llegó Portugal, y más aún cuando Cristiano Ronaldo comenzó a vestir la camiseta de su selección. También disfrutamos de Italia y sufrimos sus derrotas como si fueran las de nuestra propia selección, aunque ya acumule tres Mundiales consecutivos sin clasificarse.

Con los fanáticos venezolanos ocurre

Con los fanáticos venezolanos ocurre un fenómeno inexplicable para cualquier extranjero. Entre las selecciones latinoamericanas sentimos una debilidad especial por Brasil y su jogo bonito. Nos encanta ver cómo convierte cada partido en una fiesta. Hace unos días un amigo mexicano me preguntó por qué le iba a Brasil. Le respondí sin pensarlo: “Porque Venezuela nunca ha ido a un Mundial. En mi casa un gol de Brasil se gritaba como si fuera uno de Venezuela. Crecí viendo a Brasil levantar la Copa del Mundo”. Esa fue la época en la que pasé de niño a adolescente disfrutando el fútbol con una intensidad que nunca volvió a ser la misma.

Las selecciones latinoamericanas representan nuestra mayor contradicción. Las culpamos de que la Vinotinto nunca haya clasificado a un Mundial. No es que nosotros juguemos mal; es que ellas juegan mucho mejor. Por eso, cuando llega un Mundial, hasta celebramos sus derrotas. En mi caso, siento más simpatía por alguna selección africana que por cualquiera de Latinoamérica. Son nuestros enemigos silenciosos. La única excepción fue la Argentina de Messi. Desde su aparición, muchos comenzamos a admirarlo por encima de la camiseta que llevaba puesta. De pronto nos descubrimos alentando al Barcelona solo para verlo jugar.

Desde hace años, el arbitraje de la FIFA parece proteger con especial cuidado a las grandes estrellas del fútbol. Son jugadores cuyos contratos valen millones de dólares y cuyas piernas representan inversiones gigantescas para sus clubes. Basta una falta fuerte para que aparezcan las tarjetas. Sin embargo, durante este Mundial muchos aficionados sienten que esa protección ha llegado a un extremo: creen que las únicas piernas verdaderamente intocables son las de los jugadores de Argentina.

En mis chats de fútbol se discute y se grita a diario sobre quién es el mejor jugador del mundo. Ya no bastan los mensajes de texto; ahora tienen el tupé de enviar notas de voz e incluso podcasts enteros justificando sus análisis de los partidos. El Mundial dejó de ser un espectáculo para convertirse en una discusión permanente sobre el arbitraje. Leí y escuché decenas de mensajes asegurando que Argentina avanzaba gracias a los árbitros. Para muchos ya no basta con reconocer que Messi es un jugador extraordinario; también necesitan explicar cada victoria mediante una conspiración. Entonces comienzan a rodar las teorías de que Infantino, presidente de la FIFA, está haciendo todo lo posible para favorecer a Argentina y a Messi. Ruedan los memes. Salen comentarios por aquí, por allá. Miles de ellos me gritan a diario desde todos lados. Ya no quiero leer ni escuchar ningún comentario más. Quiero volver a disfrutar del fútbol como un niño que contempla un acto de magia. No me importa si detrás hay un truco, un espectáculo o un performance. Como el personaje de El grito, de Munch, quisiera taparme los oídos. No para dejar de escuchar el mundo, sino para silenciar el ruido que ya no me deja disfrutar de aquello que amo. Quiero que el único grito que llegue hasta mí sea el de un goooooooooooool.

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